La magia de… MARLANGO

Ayer gracias al Festival Aphònica puede descubrir la magia de los directos de “Marlango” de la que muchos me habían hablado. Ayer en un teatro pude descubrir la magia de esa unión de un hombre sentado al piano llamado Alejandro Pelayo y de una mujer de detrás del micrófono llamada Leonor Watling. Me gustó la idea de descubrirlos justamente allí. Encima de un teatro. Un teatro intimo y especial.

Pesé a que la luz no nos permitió hacer grandes fotografías nos permitió dejarnos envolver por historias convertidas en canción. Porque eso fue lo que ayer creo que nos encontramos. Nos encontramos MUSICA sin fuegos artificiales. Sin grandes luces o efectos especiales, sino todo lo contrario, nos encontramos con MUSICA desnuda. Pura. Frágil… y eso creo que es esa magia de la que muchos me habían hablado.

Ayer en aquél pequeño teatro me emocioné al escuchar las primeras notas de ese piano acariciando “Vete” para más adelante ponerme la piel de gallina con “Ay, pena, penita pena…” y sí… ellos tienen razón. A veces las canciones vienen cargadas de recuerdos, de nostalgia y es una maravilla poderlas escuchar y revivir una y otra vez.

Siempre me ha gustado ver a alguien cantar con los ojos cerrados. Hay quien dice que si se cierran los ojos la emoción no se puede transmitir, yo opino todo lo contrario… a veces emocionan más unos ojos cerrados y unas manos abiertas.

Alejandro al piano desprende algo especial. Una dulzura de esas que atrapan… una timidez verbal camuflada quizás y Leonor desgarra y reconstruye a partes iguales cada canción. Ella canta con su voz, sus manos y sus ojos.

Un brindis me parece una de las formas más bonitas y especiales para terminar una celebración… y también un concierto… así que gracias por ese brindis final y sobretodo por ese “Shake the moon” que hizo volver a apagar las luces ya abiertas de ese teatro lleno de magia.

No sé si ha sido el mejor concierto de mi vida porque aún me quedan muchos conciertos a los que ir pero lo que si sé es que voy a repetir seguro porque encontrar emoción, sensibilidad, delicadeza, vino y risas en dos horas es un regalo que muy pocos saben dar.

MartaJuanola

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